Francisco J. Díaz Quintana

Psicólogo Sanitario, Infanto-juvenil y Jurídico
Publicado originalmente en La Voz Del Sur: Sábado, 29 Septiembre 2017

Los adolescentes están tristes

 

Los adolescentes están tristes. Algunos, con apenas 15 años, han vivido tantas experiencias, reales o virtuales, que ya tienen poco que les pueda estimular. No existe en su horizonte apenas pequeñas gotas de aire fresco que les resulten novedosas. La desesperanza acude a su presente, más por cansancio que por argumentos reales que los lleven al abismo.

Los adolescentes están en bucle. Reviven y repasan una y otra vez los mismos pasos, los mismos tropiezos, las mismas plazas y las mismas bromas. Donde ya no tienen nada no es posible encontrar nada, pero se sienten atrapados en una cadena de conductas de la que no saben explicar apenas ni cómo llegaron. Algunos, cuando les preguntas por qué hacen eso, solo saben contestar: “bueno, y si no hago eso, ¿qué puedo hacer?”

Los adolescentes están desnortados. Reciben tal avalancha de pesimismo que interpretan el mundo como un lugar hostil para ese adulto que se supone que tienen que ser. Sometidos a la presión de tener que tomar decisiones importantes, y aún en desarrollo la capacidad de tener criterio y de calibrar los tiempos, deciden optar por el camino que se les presente más sencillo, o más acorde a las expectativas de aquellos que sí saben “lo que les conviene”.

Los adolescentes tienen prisa. Y su entorno, en ocasiones, mucho más. Cuando no se encuentran estímulos suficientes en el presente, y el recientísimo pasado infantil avergüenza y debe superarse, el único camino factible es acelerar el futuro. Llamados a transformarse, a cambiar y a ser algo distinto, como los gusanos de seda, pretenden dar más pasos de los necesarios, sin tener muy claro a veces ni siquiera por dónde se pisa.

adolescentes tienen miedo

Los adolescentes tienen miedo

 

Los adolescentes tienen miedo. Muchos acarrean un buen puñado de miedos infantiles que te asombra cuando consigues acceder a ellos. Otros, víctimas de la sobreprotección y el consentimiento de sus padres, tienen sencillamente miedo a vivir, a ser personas independientes, a tener que responder ante otros. Pero el peor miedo es el que un adolescente se tiene a sí mismo, cuando se mira y no se reconoce, cuando esa persona que busca en su interior falta a la cita y no se presenta.

Los adolescentes están solos. Los padres que tuvieron ya no sirven. Esos padres, tan acostumbrados al niño que había antes, tardan demasiado en reaccionar, o sencillamente no reaccionan, y se chocan con el muro de una etapa que requiere una renovación completa de las funciones parentales. El adolescente entiende mucho mejor que sus padres el medio hiper-tecnológico en que se mueve su generación, entre otras cosas. Y el sentido de la amistad, tan facebookeada, instagrameada, se diluye y no sirve como sostén suficiente ante la soledad.

Los adolescentes tienen ira. Porque cualquier animalillo indefenso, si se siente acorralado y no percibe escapatoria posible, transformará su miedo en odio. Nadie le enseñará a entender y controlar sus emociones. Explotará con frecuencia, ante cualquier eventualidad o nimiedad, o se ahogará en un vaso de agua, según sus maduros padres. Solo si los efectos de esa ira resultan muy molestos se empezarán a plantear que quizás tengan un problema. Problema que, por supuesto, asignarán al hijo, con todo el peso de la culpa.

Por supuesto, no en todos los adolescentes se dan estas situaciones. Porque, si eres padre de un chico o chica adolescente, al tuyo no le pasa nada de esto, ¿verdad?