Francisco J. Díaz Quintana

Psicólogo Sanitario, Infanto-juvenil y Jurídico
Publicado originalmente en La Voz Del Sur: Sábado, 16 Septiembre 2017

 

Escribir artículos cada semana tiene una ventaja y un inconveniente para mí. La ventaja clara es la posibilidad de poder expresarme a gusto, desplegar mis ideas, aquello que me interese o me parezca interesante para alguien. Pero también tiene un inconveniente obvio: esa idea o contenido debe generarse dentro de un plazo concreto, y en este caso, cada semana. Y a veces no me sale nada…

Cuando no me sale nada

 

No, no siempre la máquina de las ideas funciona de manera periódica: a veces, estas fluyen como peces en una corriente de agua. Los contemplas, los ves pasar y dices: “¡algún día os pescaré a todos!”, y te sientes rico, ingenuo, pensando que estarán ahí disponibles para cuando quieras. Pero las ideas, como los peces, tienen la fea costumbre de vivir por su cuenta, y cuando quieres tomarlas quizás ya no se encuentren ahí. O han muerto. O han pasado de largo, y no tiene sentido perseguirlas.

En otras ocasiones, soy como pescador en la Bahía. Echo la caña, y me siento a esperar a ver si pican. Pero no parecen picar… En ese momento, en el que empieza a asomarse la impaciencia y la desesperación, las dudas sobre el propio futuro (“¿qué será de mí…?”) y una fuerza destructiva que no es mía me invita a hundirme sobre mí mismo… En ese momento, que es este mismo en el que te estoy escribiendo, querido lector, decido tomar la actitud del pescador. Relajarme y disfrutar de la tranquilidad, recordar que mi caña está echada y es buena caña, que será capaz de capturar la pieza en cuanto aparezca, si es que ésta desea ser capturada. Y disfrutar del mar.

contemplar el mar me relaja

El buen pescador sabe disfrutar del mar

 

Sobre todo, disfrutar de ese inmenso mar que delante de mí me abarca y me supera, contemplar su magnitud y soñar con su riqueza… ¿Cuántos tesoros, vivos o muertos, alberga su infinitud…? ¿Qué estará pasando por ahí abajo, aunque yo no lo vea? ¿Qué pasará con este mar, cuando yo no sea consciente de su existencia? ¿Y qué pasará con este mar, cuando yo no exista? El mar, para un pescador como yo, tiene algunas claves conocidas. Puedo interpretar las mareas, la temperatura, saber de corrientes y de vientos, sí. Pero el mar, para mí, es un misterio. Un maravilloso e infinito misterio, del que estoy profundamente enamorado. Y quiero seguir disfrutándolo así: mágico, inabarcable, imprevisible.

Cierro los ojos, y me siento ligero como la brisa. El olor a salitre me invita a quitarme la ropa, y me imagino desnudo saltando a las piedras, dejando atrás capacho, caña y avíos. Donde voy no me harán falta. Los pies reciben el punzante tacto de la roca, pero eso no me detendrá. Doy un par de pasos, y pronto rodea mis tobillos la helada sensación de que debo prepararme para el contraste. Estar seco tiene esas cosas, que cuando te mojas, al principio duele. Pero no me detendrá.

Despreciando mis miedos, que son fuertes y tozudos, doy un salto sobre mí mismo para permitir el abrazo, la acogida violenta y placentera de la inmensidad de un mar que me esperaba tranquilo, que deseaba envolverme, inundarme, para luego sacarme a flote. Revestido de su sal y entendiendo mi cuerpo a qué temperatura debe ponerse para no sufrir, asomo la cara a la superficie, donde la luz de la luna me rodea… Bien… así está bien…

Abro los ojos. ¡Vaya, han picado!