Francisco J. Díaz Quintana

Psicólogo Sanitario. Adolescentes y Adultos
Publicado originalmente en La Voz Del Sur: Sábado, 28 Octubre 2017

 

El hombre invisible

 

Ayer estuve hablando con el hombre invisible.

Vino a verme y lo encontré bastante bien. Le pregunté cuál era el motivo de su visita, ya que no aparentaba presentar ningún indicador de que se encontrara mal.

“Claro, eso es porque tú puedes verme. Aunque realmente puedes hacerlo porque hoy se da el caso. De hecho, has pasado junto a mí montones de veces y no me has visto”.

Entonces, empezó a contarme la historia de cómo consiguió adquirir sus superpoderes.

Le contaron que de bebé lloraba como un bicho. Su madre, que lo había tenido muy joven, seguía a pies juntillas las recomendaciones de su propia madre, que había criado a cinco hijos. “¡No se te ocurra cogerlo en brazos, que se va a acostumbrar!”, y por supuesto no lo hacía. Llantos de horas, de noches enteras, resonaban en la soledad de una cuna. El bebé, bien atendido y alimentado, aprendió a no reclamar el afecto, ese afecto que necesitaba tanto como el comer, porque nunca llegaba. Se acostumbró a ello.

Luego en el colegio, lloraba desconsolado cuando recibía cualquier golpe, cualquier burla que recibiera de un compañero. Fue etiquetado como “niño sensible”, con todos los apellidos habituales: “débil”, “vulnerable”, “llorón”… Aprendió que era mejor evitar en lo posible el contacto con otros niños, para reducir la posibilidad de daño. De esta forma, los años y la miopía de sus cercanos le fueron asignando nuevas etiquetas: “solitario”, “muy suyo”, “arisco”, “rarito”…

Por último, ya en la adolescencia y juventud, descubrió que, si no participaba activamente en los grupos o en su clase, podía pasar los días enteros sin que nadie o casi nadie le dirigiera la palabra. Simplemente centrándose en sus cosas, y respondiendo con gruñidos o miradas evasivas a quien pretendiera acercarse, podía conseguir ser invisible, cada vez por más tiempo, cada vez para más gente.

Ayer vino a visitarme, porque esta invisibilidad, deseada y convertida en cómodo refugio durante años, hoy se ha vuelto contra él. Ya no puede controlarla, y lo ha hecho invisible de forma casi permanente, incluso aunque él no quiera, se activa sola. La ansiedad que le invade no es una simple molestia ante la falta de integración social, sino que es una angustia severa, antigua, que nació en pañales, que recorre sus entrañas y le llega hasta la piel.

 

La chica invisible

 

La chica invisible es muy agradable. Tiene ojos azules oscuros, aunque la verdad, nunca me fijé, y eso que la conozco desde hace tiempo. Su sonrisa tiene el brillo de las cosas nuevas, y su mirada, aunque temblorosa, es una pregunta y un ruego a la vez.

Ya hace muchas sesiones que me contó lo que pasó cuando pequeña. Y también hace bastante que venimos trabajando la herida, también antigua, fea y mal cerrada, que la tenía podrida por dentro. Cuando él murió hace un par de años no sintió nada, ni frío ni calor. Su madre, atenta y restrictiva, conserva con dolorosa parsimonia la terrible duda de su complicidad silenciosa.

De hecho, la ley del silencio era la norma fundamental de la casa; así había sido siempre, tanto para la chica invisible como para sus hermanos mayores. Se hablaba lo necesario para vivir, para ponerse de acuerdo en algo. Los sonidos y jaleos propios de la infancia estaban prohibidos y severamente reprimidos. Había un sinfín de temas de los que no se podía hablar, limitándose el hogar a servir como proveedor de alimento, techo y vestimenta. A ninguno le faltó de nada, por supuesto.

mujer invisibleYa más mayor, la chica invisible entendió que era la más fea de su pandilla. Era la única explicación para el hecho de quedarse sola cuando sus amigas ligaban, unas más, y otras menos. A ella, sin saber muy bien por qué, la cercanía de un chico le inquietaba, y si alguno pretendía acariciarla o tocarla, las náuseas le hacían alejarse velozmente.

Si las demás quedaban, por ejemplo, para comprar ropa entre ellas, o se apuntaban juntas en un gimnasio, ella se quedaba pensando qué podía estar pasando; empezó a sospechar que igual no la veían, que desaparecía ante sus ojos. Intuyó que se estaba volviendo invisible, y así es como hoy en día se siente.

Hace mucho tiempo que no se mira directamente a un espejo. No tolera verse, porque enfrentarse a su propio rostro es una tarea excesivamente dura, y no merece la pena. Si se le obliga a imaginarse, se intuye como un ser abominable y despreciable, digno de rechazo y reprobación; la invisibilidad aparece como una alternativa viable ante la angustia que produce la existencia real de la propia imagen.

Son personas invisibles, pero hay muchas más. Nos rodean, andan entre nosotros… ¿No las ves?