Francisco J. Díaz Quintana

Psicólogo Sanitario, Infantil-juvenil y Jurídico

 

 

El viernes noche me senté a ver “Hermano Mayor” de Cuatro, y curiosamente lo pude ver entero. Quizás porque el chico protagonista de la intervención era de mi tierra, la Bahía de Cádiz, o quizás porque el nivel de agresividad y tiranía exhibido (y vendido por la cadena en la previa) es de los más altos que se han visto. Y he vuelto a decir: “No… no… así no… eso no…”, lo mismo que me pasaba cuando estaba el otro presentador.

Desde mi experiencia como psicólogo en Erytheia, mi consulta en Cádiz, donde atiendo preferentemente adolescentes y jóvenes con diversas problemáticas, he ido anotando las 10 razones por las que no soporto este programa:

  1. Se culpabiliza contantemente al chico/a. Aunque a veces de pasada se refieran orígenes familiares del problema, al final el objetivo terapéutico siempre es el mismo: que el chico “abra los ojos” y se porte “mejor”. Desde el principio de cada episodio se deja bien claro quién es “el malo de la película”, y quién debe cambiar… Los psicoterapeutas sabemos que la culpa no es buena compañera del proceso terapéutico, y hacemos todo lo posible por dejarla fuera de la sala de terapia para evitar su toxicidad. Por eso me sorprende tanto que en el programa se utilice la culpa como motor de cambio.
  1. El método principal de intervención que usa el presentador es la confrontación, siendo éste precisamente el medio que se pretende erradicar. En cierto modo, es como tratar a un pirómano ofreciéndole fuego, y culparlo porque lo utilice. No negaré que en ocasiones haya utilizado la confrontación dentro de una entrevista, pero siempre en momentos puntuales, y siempre desde el convencimiento de que me va a llevar al fin deseado, porque si no es así solo ayudaré a aumentar la reactividad. Pero claro, esto, en televisión, es vistoso.

Imagen tomada de la web http://www.cuatro.com/hermano-mayor

  1. Los mensajes reiterados que se dirigen al chico son del tipo “eres un…”, “no deberías…”, “debes…”, “tienes que…”, es decir, justo los mensajes que intentamos combatir desde la psicología cognitiva, ya que son grandes generadores de sufrimientos. Se insiste en que el “lugar de control” está en el propio chico, en una visión sesgada de los problemas, más consistente con la del espectador que asiste al espectáculo que con el conocimiento real que tenemos de estos problemas. ¿Por qué no intervenir precisamente en el lugar donde se originó el problema, es decir, el sistema familiar en su conjunto? En los problemas sistémicos, señalar un único culpable del problema, y por tanto responsable de ofrecer la solución, es tan cruel e injusto como ineficaz.
  1. El agente de cambio es un programa de televisión. Gente extraña viene a mi casa a cambiarme, porque mis padres no pueden conmigo. Que tengan que venir otros a cambiarte, a educarte, a “abrirte los ojos”, perpetúa el esquema en el cual los padres son impotentes para hacer nada por sí mismos. El mensaje es claro: los padres no supieron hacerlo bien (hasta ahí podría estar de acuerdo), y ahora no saben arreglarlo. En la psicoterapia infanto-juvenil que considero eficaz, los padres o adultos cuidadores son unos irremplazables agentes de cambio, puesto que parto de un hecho objetivo: cuando mi intervención termine, el chico/a se quedará con ellos.
  1. Al tratarse de problemas de conducta, el objetivo machacón es forzar el cambio de comportamiento como sea. ¿Y si lo que falla es otra cosa? En muchos de los trastornos de conducta en los que he tenido oportunidad de trabajar, he constatado la co-ocurrencia de otros trastornos, sobre todo emocionales. En casi todos hay problemas del vínculo afectivo, tal como se ve en la tele… ¿Cómo trabajar el nivel superficial de la conducta, si dejamos el vínculo afectivo igual de destrozado? ¿Realmente nos tragamos que por echar unas lagrimitas y dar dos abrazos ya se ha saneado adecuadamente el vínculo? Sería como considerar que dos futbolistas rivales enconados van a ser buenos amigos sólo porque el árbitro les indique que se den la mano tras darse unas patadas.

  1. Waterpolista y boxeador. Para qué formarse, especializarse… En el programa lo único que cuenta es la experiencia propia, a veces ofrecida de forma íntima (¡qué peligroso en terapia cuando el terapeuta se pone a sí mismo de ejemplo!) y el “consejo”, como si aconsejar fuera algo bueno… La psicóloga aparece como complemento a una intervención dirigida y coordinada por un ex-deportista.
  1. Las técnicas utilizadas en su mayoría son muy dudosas, y lo peor es que le llaman “terapias”. Las que aplica el coach (el programa lo llama así…) son la versión refinada del “toma un tortazo para que aprendas”, ya que están basadas en el aprendizaje a partir del escarmiento. De ahí que hayamos visto en el último programa que al chico se le obliga: a cargar con un tronco pesado, a cargar con carretillas llenas de sal, a entrar en una jaula de animales y ser rociado con una manguera… Una señora me dijo en consulta “Te voy a traer a mi niño el mayor que está muy rebelde, a ver si te lo llevas al campo y lo pones a partir árboles y cosas de esas pa que aprenda”, “No señora, para eso vaya usted a la tele…”
  1. Las técnicas que aplica la psicóloga se ciñen al campo de lo simbólico. Siendo partidario de las técnicas simbólicas en terapia, sobre todo para trabajar los vínculos afectivos, en el programa se usan de forma generalizada en todos los casos. En cambio, la experiencia me dice que no todas las personas entran adecuadamente en este tipo de técnicas, y que en ocasiones pueden salir bastante mal si la familia se queda en el nivel del “juego” y no progresa en el simbolismo, como a veces se intuye en el programa. A la psicóloga, para ser la “representante de la ciencia” en el programa, no se la ve utilizar técnicas habituales (como la reestructuración cognitiva, relajación progresiva, técnicas de autocontrol…) que han demostrado su eficacia.
  1. Creación de expectativas ilusorias en la población. El programa dura apenas una hora, y se supone que el equipo ha trabajado en el caso durante 10-15 días. ¿Realmente podemos pensar que los graves problemas que intentan tratar pueden resolverse en ese lapso de tiempo, por muy intensiva que sea la intervención? Las familias que ven este programa y luego acuden a consulta lo hacen con ideas distorsionadas. Como ejemplo, otra frase escuchada en consulta: “Estoy convenciendo a mi hermana de que te traiga a su niño de 16, porque le hace mucha falta. Aunque yo más bien pienso que a ese niño le hace falta algo mucho más fuerte, le hace falta un ‘hermano mayor’ que lo ponga firme como un palo en unos pocos días.”

  1. El programa vende una filosofía solidaria, una idea social de paliar el sufrimiento de estos jóvenes y sus familias. Y me alegra saber que en ciertos casos lo consigan. Pero cuando estoy frente al televisor siempre pienso lo mismo… ¿Por qué este supuesto “fin social” sólo se dirige a los que tienen problemas de ira y ejercen la violencia? Me acuerdo de los jóvenes con trastornos emocionales… por ejemplo los chicos que atiendo con trastornos de pánico, que pasan la pesadilla de la agorafobia, o los hundidos por la depresión juvenil, cada vez más frecuente, y se asoman al precipicio planteándose el fin de sus días… o aquellos que no son maltratadores, sino maltratados por sus padres… ¡créanme, son legión, muchísimos más que los que salen en el programa! Jóvenes a los que les vendría de perlas una intervención urgente, intensiva y eficaz. Eso sí, las imágenes resultantes no serían tan morbosas, y ya se sabe que, en cuestiones televisivas, “violencia” rima con “audiencia”.