Francisco J. Díaz Quintana

Psicólogo Sanitario, Infantil-juvenil y Jurídico
Publicado originalmente en La Voz Del Sur: Sábado, 2 Septiembre 2017

 

Los seres humanos tenemos casi infinitas formas de auto-infligirnos daños emocionales. Somos verdaderos expertos en torturar nuestras conciencias con todo tipo de ideaciones aniquiladoras de aquello que llamamos “felicidad”. Una de las formas favoritas y más antiguas es la autoinculpación. Nos pasamos media vida culpándonos de lo mal que hemos hecho las cosas, y eso nos hace sentirnos infelices.

Lo que pasa es que la culpa trae consigo un sugerente mecanismo que puede terminar siendo casi adictivo, de manera que la persona que se habitúa a culparse de todo es probable que lo siga haciendo, cada vez por más cosas, cada vez por asuntos menores, no admitiendo explicaciones alternativas, convirtiéndose en la única forma de interpretar su realidad. Hay personas capaces de culparse por cosas increíbles, retorciendo las causas de los acontecimientos para encontrar el camino en el que aparezca, relevante e incuestionable, su propia culpa.

Por qué me siento culpable

¿Pero por qué acudimos tanto a este mecanismo de la culpa, si resulta tan destructivo? ¿Por qué autoinculparse en lugar de responsabilizarse, que es un mecanismo mucho menos sufriente?

Quizás porque culparse, al contrario que responsabilizarse, tiene un cariz moral que resulta ser un viejo conocido. Nuestra cultura, construida como ya sabemos a partir de la tradición judeo-cristiana, identifica la culpa dentro del campo de lo correcto y lo incorrecto, de lo que está bien y lo que está mal, del pecado y la virtud. Pensar en clave de si soy “bueno” o “malo” ha sido pauta social obligatoria para evaluarse. Si he hecho bien algo… era mi obligación. Si he hecho algo mal… es mi culpa. Se nos instruyó de esta manera durante siglos, y en nuestra mente colectiva sigue teniendo muchísimo peso. No hace falta decir que este tipo de análisis es totalmente simplista y pobre, además de, normalmente, injusto.

Culparse es un acto finalista. Es decir, si alguien se culpa de un fracaso, de un error, o de una omisión que provocó algún daño, con decir “yo, yo tuve la culpa”, pues ya está. Después se puede llorar o lamentarse mucho por ello. Actuar a continuación es opcional, lo puedes hacer o no. Al contrario que culparse, hacerse responsable de un error implica obligatoriamente hacer algo a continuación.

Tras la culpa… el castigo

Al tratarse de un término del campo jurídico, si se evidencia una culpa solo puede haber una consecuencia: el castigo. Quien se siente culpable de algo espera ser castigado, y si el castigo no llega de fuera, pues se castiga uno interiormente y ya está. O se dramatiza hacia afuera, para hacer a otros partícipes de lo bien que me he culpado de esto, aquello o lo otro. Porque no olvidemos, culparse a uno mismo ha sido considerado un acto de virtud durante siglos.

De esta forma se entiende que recurramos a la culpa con más frecuencia, porque la culpa es una respuesta pasiva, no requiere nada más que hacerlo (culparse), y esperar el castigo. Y además, estaba (¿está?) bien visto. En cierto modo, culparse de algo puede convertirse en una forma de evadir la responsabilidad de reparar el daño ocasionado. Esto lo podemos comprobar en el campo de la educación, cuando observamos niños que han recibido una disciplina basada predominantemente en la culpa y el castigo, que cuando hacen algo mal simplemente esperan el castigo, o intentan esquivarlo, pero no aprenden nada, no reparan nada.

Y ya que hablamos de los niños: ¿por qué seguir educando en la culpa y el castigo? ¿Acaso creemos que un niño que ha derramado el colacao en el desayuno aprenderá algo al quitarle la tablet durante una semana? ¿Qué relación tiene una cosa con la otra? El niño aprenderá que sus actos son castigados, y que más vale no equivocarse, pero esto no le ayudará a crecer, sino a confiar menos en sí mismo y a actuar con mayor inseguridad.

castigar a los niños no sirve de mucho

Educar en la responsabilidad

¿Y si en lugar de educar en la culpa-castigo educáramos en la conciencia-responsabilidad-acción? Se trataría de hacerle tres preguntas, que como se puede comprobar están al margen de una valoración moral:

  1. ¿Qué ha pasado? (Toma de conciencia)
  2. ¿Qué responsabilidad has tenido? (Análisis de la participación de uno mismo)
  3. ¿Qué vas a hacer a continuación para repararlo/mejorarlo? (Acción)

El niño educado en este modelo, cuando por hábito consigue interiorizar estas preguntas, es un niño seguro de sí mismo, que se acepta y no se machaca, ni vive con miedo a equivocarse. Repara sus errores y aprende además a salir adelante de cualquier situación, evitando los bloqueos que suele producir la culpa.

Mi última reflexión: si este modelo parece interesante para los niños… ¿Por qué no aplicarlo a uno mismo? ¿Te atreves a cambiar tu sistema tradicional de autoinculpación?